Los niños y la música

 

Por: Felipe Cisternas. 

Nadie conoce tanto a una persona como un hijo a sus padres.

El niño percibe todos los secretos de la familia, observa, memoriza, imita. Su atención está abierta y sus sentidos despiertos. El niño, que es frágil, es testigo y cronista. Cuando acogemos a un niño como alumno, aceptamos su historia, su forma de hablar (es decir, de pensar) y su forma de moverse. El cuerpo y la mente de un niño son como la materia prima, una materia que opone resistencia porque quiere entregar y mostrar, además de recibir. Ayudarle a descubrir lo que quiere y a conocer lo que trae consigo, encaminando a su destino, es enseñarle.

Podríamos dividir el estudio de la música en dos categorías.

Una técnica que corresponde a la “gimnasia” de la digitación y la habilidad de leer y escribir indicaciones en un pentagrama. La otra, la de la interpretación y la musicalidad. La primera requiere método y disciplina, una estricta observancia del profesor y del alumno, y es un camino de primeros años arduos, muchas veces descorazonadores. En esos primeros años la habilidad del cuerpo está muy lejos de la libertad que el corazón intuye: escalas y ejercicios que se niegan a mostrar su sentido; pequeñas piezas clásicas a las que no se puede dar vida. Y no hay palabras que puedan convencer a un niño (incluso a un adulto) de que todo ese esfuerzo tiene una dirección, de que después van a haber servido para algo. ¿Existe el futuro para la consciencia de un niño? ¿cómo hacer coincidir la obligación de una técnica (de algo ajeno, forzado e impuesto) con las exigencias de la propia naturaleza del niño, con lo que él vitalmente necesita? es como enseñar ecuaciones a alguien que necesita aprender a cabalgar. ¿ Cómo relacionar las matemáticas con las equitación y lograr que las matemáticas se vuelvan una con el galope? ciertamente por medio de la razón, no. No se trata de un proceso intelectual. El camino hacia la interpretación y la musicalidad es, necesariamente, un camino indirecto y se recorre dentro y fuera del aula, en el estudio y el la vida cotidiana, en sueños, con la memoria, con todo el cuerpo, en la seriedad y en el juego. De manera que cuando llega el día del primer concierto en público, la interpretación musical es apenas la parte visible y audible de un profundo y largo proceso interior: la punta del iceberg, todos los años vividos concentrados en un pequeño espacio y en un breve tiempo.

Cualquier esfuerzo es pequeño para enseñar música a un niño y lograr que no pierda el interés y el amor por el arte en los primeros y ásperos años. Caminos laterales para llegar a identificar el momento justo, la duración justa, la expresión precisa, para lograr la calidad y los matices que pueden convertir una música centenaria en algo que pareciera compuesto ayer. Socráticas conversaciones con los niños para mostrarles cuánto saben, cuánto escuchan, para que tengan confianza en sus impresiones y deseos. Ejercicios de movimiento y relajación para agudizar el oído e inducir la concentración. Juegos y ejercicios teatrales para desarrollar la musicalidad, integrar todo el cuerpo y la mente para sentir la diferencia entre lo orgánico y lo que no lo es; para aprender, sin esfuerzo aparente, el arte de la concentración y la comunicación, la consciencia de que la Obra de Arte es más importante que el artista y que cada parte, por pequeña que sea, es vital para la totalidad; desarrollar el instinto que permite identificar lo que es verdad de lo que es fingido, y la habilidad de captar el sentido y la dirección de cada movimiento, cada silencio y cada sonido.

Los niños, empero, no son los únicos que aprenden. Después de seis meses de escucharlos tocar y verlos actuar, de asombrarme de su habilidad para improvisar, dar indicaciones y asimilar conceptos y abstracciones a través del juego, no sé quién está aprendiendo de quién. Tuvo razón un poeta cuando dijo que el hombre sufre tres transformaciones: primero se carga como camello, luego se libera como un león, y finalmente se conquista a sí mismo como un niño. ¿Qué busca un profesor? Sencillez y profundidad, claridad, sentido y concentración. Ver a los niños trabajar es ver lo que uno busca, aquello que se perdió en la adolescencia y que toma la adultez recuperar.

Educaciones y caballos.

Soy pura pasión __ dice Rodolfo.

Hay que usar la cabeza también __ dice Isabel sino el resultado es puro desorden.

Frases cortas y ciertas. Los niños saben lo que uno olvida.

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